La historia de Tasmida

por Marilu ReynaRead in English

Sentada de piernas cruzadas en el suelo en un pequeño cuarto, un nivel abajo del nivel de la calle, un grupo de adolescentes sonríen y ríen mientras escuchan instrucciones sobre un juego de palabras. Este ejercicio hace más fáciles las introducciones y rompe el hielo en una sesión de empoderamiento juvenil organizada por Ummid Ki Udan (El vuelo de la esperanza), una iniciativa de Children’s Emergency Relief International (CERI, por sus siglas en inglés). Un grupo de voluntarios de CERI han juntado por la tarde en lo que sería una experiencia iluminadora.

Probablemente sin diferencia del primer día de cualquier otro niño en la escuela o en un campamento de verano, este rompehielos está diseñado para alentar a los participantes para abrirse. Como muchas personas de su misma edad, empiezan un poco tímido. Sin embargo, este grupo de adolescentes es muy avanzado; el cuarto donde están sentados está situado al cruzar el mundo – en Nueva Delhi, India – y sus situaciones son tan únicas como sus huellas dactilares, aunque todos sus cuentos comparten algo en común con la tragedia y el sufrimiento que algunos lo encontrarán profundo. A pesar de todo lo que han enfrentado y todo lo que todavía tienen que enfrentar, su dedicación y su pasión por un mejor futuro son claras.

Este grupo de 15 adolescentes son refugiados rohingyanos de Myanmar (Burma), conocido como la etnicidad más perseguida en el mundo, sobre la organización de las Naciones Unidas. Por generaciones, los rohingyanos han enfrentado la discriminación que estalló a violencia extrema en 2017 y desde entonces ha resultado en la migración masiva a los países cercanas. Hoy en día, los refugiados rohingya no son reconocidos como ciudadanos de ningún país y por eso faltan el acceso a las necesidades básicas como la educación, el empleo legal, y cuidado médico. Este grupo de adolescentes vive en la vecindad Kanchan Kunj en New Delhi en un asentamiento provisional hecho de postes de bambú y pedazos de lona de plástico. El asentamiento tiene tres bombas manuales donde la gente consigue casi toda su agua. No hay ninguna manera para que los residentes puedan refrescarse en los días calorosos ni protegerse a ellos mismos contra las noches frías. Hay cuatro baños y un pozo en el suelo que colecta los desechos para casi 250 personas.

Estos refugiados rohingyados toman cada día esperando por una identidad oficial, pero su situación ha tardado. Algunas familias han pasado casi diez años viviendo en el asentamiento, bastante tiempo para crear resistencia personal/aprende vivir en una manera diferente; pero, aunque estos adolescentes y sus familias enfrentan una lista de problemas complejas que a veces parece imposible para vencer, gracias a CERI, hay un obstáculo que ya no deben de esperar para vencer: el logro educativo.   

Cubiertos de pies a cabeza con ropa tradicional de musulmanes, los ojos de estas jóvenes mujeres son las únicas características visibles. Es un poco sorprendente ver la chispa en sus ojos, no solamente porque sabes de su dificultad y su viaje hasta donde están ahora solo se puede describir como difícil, pero también porque el calor en este cuartito chiquito excede más de 100 grados Fahrenheit y 90 porciento de humedad. Y, sin embargo, dicen que este cuarto, con dos abanicos viejos, es más fresco que los hogares improvisados en que ellas viven, una vuelta de solo unos minutos de donde estamos ahora. El sistema rudimentario refrescante trata de proveer alivio, pero es mínimo. Aun así, el calor no disminuye la emoción para la actividad de hoy.

“Mizan,” dice Zora.

“Guava,” dice Tasmida.

“Lichi,” dice otra.

El juego de palabras que están jugando les pide que cada una de ellas nombra una fruta; fruta no se puede repetir y, además, necesitan memorizar la fruta y el nombre de la persona que nombró la fruta. El juego de la memoria se para mientras varios voluntarios de CERI preguntan “¿Que es un lichi?”

Una de las niñas busca su teléfono celular, haciendo golpecitos y luego volteando su pantalla para enseñar una imagen y una descripción. Aprendemos que un lichi es una fruta dulce usada en muchas recetas de postres, crecido por China y el sureste asiático. “Son deliciosos,” dice el grupo.

Después de este desvío, la segunda ronda del juego empieza. Esta vez escarbamos un poquito más hondo sobre quién es cada una de estas niñas, preguntando al grupo que comparten sus metas y sus aspiraciones. “Diseñadora de modas,” dice una de las muchachas, la quien ha agregado un poco de color a su burka tradicional, una bufanda escocesa.

“Ingeniera.”

“Maestra.”

“Doctora.”

Estas carreras hacen una lista impresionante de profesiones a que estas jóvenes aspiran, pero el mensaje subyacente de cada elección está demostrado cuando comparten la inspiración y razón de sus decisiones: “para ayudar a otros.” Quizás esto no sería tan común de oír de un estudiante promedio de la escuela secundaria, pero estas niñas no son promedios. Han vivido lo suficiente para saber que, trabajando diligentemente en las áreas de los derechos humanos, el trabajo social, la ley, y la política puede empoderarlas para que un día puedan ayudar a otras como ellas mismas.    

Una muchacha resalta del grupo. Ella es la primera refugiada rohingya en la India – de más de aproximadamente 40,000 – para ser admitida a la universidad. Su sueño para ayudar a otros comenzará mientras persigue una educación formal en la universidad Jamia Millia Islamia en el otoño, algo que ella hizo pasar con la ayuda de CERI y el programa del Instituto Nacional de Educación Abierta (National Institute of Open Schooling, NIOS por sus siglas en ingles). CERI no solamente la ayudó para inscribir en el programa, pero también proporcionó tutoría, consejo, y otro apoyo educacional mediante Ummid Ki Udan donde los maestros y los trabajadores sociales trabajan con los participantes para asegurar que reciban apoyo educacional y personal.

Desde su comienzo en los últimos del 2018, Ummid Ki Udan ha priorizado educando a niños y jóvenes en la vecindad Kanchan Kunj, incluyendo los niños rohingyanos. Tasmida fue uno de esos jóvenes quien, a pesar de la barrera del idioma (muchos rohingyanos hablan rohingya mientras los demás en Nuevo Delhi usan hindi) y muchas dificultades más, sabía que la educación era clave y persistió en sus estudios, haciendo lo mejor de una situación verdaderamente difícil. Tasmida y sus amigos no solo tuvieron que aprender un nuevo idioma; también recibirían su educación en ese idioma y tendrían que sobresalir en la preparación para los exámenes de admisión requeridos para la universidad. El programa de enriquecimiento y empoderamiento después de clases de CERI ha ayudado a Tasmida lograr a esas metas, y CERI continúa trabajando para hacer la historia de Tasmida posible para otras jóvenes como ella.


Por una traductora, Tasmida contesta a una pregunta importante que tengo para ella: “¿Dónde te miras a ti misma en cinco años?”

“Quiero ser una abogada para los derechos humanos,” empieza. “Quizás trabajaré con los Naciones Unidas. Quiero ayudar no solamente a mi familia, pero a otros refugiados por todo el mundo. También quiero ser un modelo para otros que sienten indefensas y sin esperanza, para hacerles saber que incluso en los tiempos más difíciles – en los ambientes de vida hostiles, en la pobreza – el sueño para lograr es posible. También, cuando el objetivo es dar algo a cambios, tu pasión interior te guiará más allá que quizás pensabas que era posible.”

Sus palabras son universales, reflejando lo que los demás de los parientes quieren para sus hijos. El cuidado y la compasión no están perdidas en la traducción.